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	<title>Constanza Cofré Berger | </title>
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	<description>Literatura, derecho y experiencias</description>
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		<title>La mudanza</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Constanza Cofré Berger]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 18 Mar 2023 11:18:15 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
		<category><![CDATA[cuento corto]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura fantástica]]></category>
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					<description><![CDATA[El doctor se acomodó los anteojos mientras aquella mujer ojerosa de cabello enmarañado le clavaba la mirada tras una insólita petición. Sus manos tiritaban y no era para menos: había pasado un mes desde que un fuerte zumbido la sacó de la cama para sentenciar...]]></description>
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<p>El doctor se acomodó los anteojos mientras aquella mujer ojerosa de cabello enmarañado le clavaba la mirada tras una insólita petición. Sus manos tiritaban y no era para menos: había pasado un mes desde que un fuerte zumbido la sacó de la cama para sentenciar a muerte sus horas de sueño. A partir de ese momento comenzó a escuchar sonidos de todo tipo, como martillos, taladros, muebles siendo arrastrados, música, programas de televisión en idiomas extraños.&nbsp;</p>



<p>Los primeros días buscaba por las ventanas, husmeaba a los vecinos, tocaba a sus puertas exigiéndoles que detuvieran los trabajos de construcción; marcaba a conserjería para reclamar por los ruidos molestos y enviaba constantes correos electrónicos a la administración del edificio para que tomasen las medidas pertinentes, pero nadie estaba ejecutando los ruidos que ella describía; es más, se encontraba viviendo en un edificio que, en su mayoría, era habitado por adultos mayores.</p>



<p>En poco tiempo ella se había transformado en la única molestia dentro de la comunidad. Hasta llegaron a pensar que sufría de alguna especie de enfermedad y cuando la veían de reojo mientras abría el portón susurraban:&nbsp;«ahí viene la loca… la esquizofrénica».</p>



<p>La primera vez que escuchó el extraño zumbido atravesar sus orejas creyó que se trataba de un mosquito. El clima húmedo siempre les caía bien y hacían de las suyas, aunque este debía de ser uno bastante colosal para emitir un sonido semejante, porque, además del susto, tuvo un pitido deambulando por sus tímpanos por al menos tres días. Justo empezaban sus vacaciones, aquellas que había postergado por más de cinco años, porque ella, sin saber realmente por qué, quería cumplir su propio récord de asistencia, trabajar horas extra, llegar tarde a su casa, comer algo rápido y dormirse temprano para estar a primera hora registrándose nuevamente en sus intensas labores de autómata.</p>



<p>Supuso que su estado se debía a la ruptura de su intensa rutina laboral y comenzó a evaluar la posibilidad de cancelar sus vacaciones, pero ¿y si aquellos sonidos no cesaban?, ¿cómo rendiría en el trabajo? Solo pensar en destruir su imagen de trabajadora del año, que, por cierto, no le significaba ningún aumento de sueldo, le hizo desistir. No podría permitirse abandonar el hormiguero.</p>



<p>Las primeras semanas las denominó «de las reparaciones». Ruidos de construcción la acechaban a cada hora, y cuando sus párpados caían un zumbido que retumbaba en sus orejas la hacía despertar. No le daban tregua, conseguir dormir un par de minutos era toda una odisea. Después del zumbido empezaban a mover los muebles, se abrían y cerraban puertas, ¡hasta un taladro había! Y cuando empezaban los «trabajos» también lo hacía una estridente musiquita que sonaba a un ritmo acelerado al compás de la total inclemencia.</p>



<p>Sus ansias de atrapar el silencio sobre su tersa almohada eran insaciables, pero entre más silencio había, más escuchaba cómo sorbían la sopa, los tintineos de cubiertos y ¡hasta eructos! Ante tal falta de decoro, hizo entonces una declaración de guerra y decidió combatir el ruido con más ruido. Durante la segunda parte, titulada «contra el enemigo», se atrincheró en su cama con los cascos pegados a las orejas y la música clásica a todo volumen. Parecía funcionar mientras se hundía en el cansancio de su inesperado insomnio. Se cerró el telón y no hubo más asedios. Después de muchos combates perdidos había obtenido su primera victoria.</p>



<p>Un olor a humo la hizo sentarse rápidamente. Corrió a la cocina, pero nada se quemaba, ni en su casa ni cuando se asomó a inspeccionar los alrededores. Solo era un extraño olor a plástico quemado y un punzante dolor en el lado izquierdo de su cabeza.&nbsp;&nbsp;</p>



<p>Se sentó frente a su taza de café. Lentamente fue cayendo sobre la mesa hasta volver a dormirse. En ese momento pegó un brinco tras un gran&nbsp;<em>tzuuummmmm</em>. Sin ánimos de moverse del suelo quedó observando el techo. Dentro de su delirio escuchó una especie de conversación en una lengua desconocida. Una vocecita chillona conversaba rápido como una ametralladora con otra voz más grave que solo respondía de forma cortante.&nbsp;</p>



<p>En la etapa siguiente, «de las decisiones», buscó ayuda psicológica, pero por más especialistas que visitara, nadie encontraba una cura para su mal. Solo obtenía listados de somníferos entre otros medicamentos de efectos aletargantes. Intentó volverse invisible para el enemigo con sus audífonos y frascos de pastillas.</p>



<p>&nbsp;Una mañana comenzó a sentir el sonido de una gotera. Era incesante y torturadora. Parecía que traspasaba incluso la música clásica y se colaba entre sus sueños configurando horrendas pesadillas. Se despertó, gritó y arrojó cada cosa que encontró a su paso.&nbsp;</p>



<p>—Quiero operarme —imploró.&nbsp;</p>



<p>Allí, en la consulta médica, solicitó extirparse los tímpanos o lo que fuese necesario para dejar de oír. Incluso los sonidos cotidianos le provocaban fobia. Sin saber si derivarla a un psiquiatra o acceder a sus peticiones, el doctor la envió a hacerse exámenes que pudiesen dilucidar el estado actual de sus conductos auditivos y evaluar la viabilidad del asunto, pero, sobre todo, con la intención de obtener tiempo para que pudiese recapacitar.</p>



<p>—¿Usted ha introducido cuerpos extraños en sus orejas?</p>



<p>Negó con una rabia fulminante, ¿cómo era posible una pregunta como esa?, ¿por qué estaría metiéndose cosas en las orejas? Se puso de pie dispuesta a irse en búsqueda de algún cirujano que accediera a su pedido. Después de todo, seguro que alguno accedía sin tanto rodeo mientras recibiera su justa paga. Es más, estaba dispuesta a sacar todos sus ahorros y pedir un préstamo si aquello fuese necesario.&nbsp;</p>



<p>—Estos son los resultados obtenidos en el laboratorio —le dijo el doctor.</p>



<p>—¿Dónde están mis imágenes? Esto parece sacado de una revista de deco-hogar —dijo volviendo a su asiento mientras revolvía las impresiones.</p>



<p>—Este es el interior de su canal auditivo —dijo y posó la punta del lápiz.&nbsp;</p>



<p>Con los ojos abiertos en extremo sujetó la fotografía. A lo largo se extendía un sofá de dos cuerpos frente a una alfombra colorida y sobre esta, una pequeña mesita. Al otro lado un&nbsp;<em>berger</em>&nbsp;donde una extraña silueta borrosa parecía ocultarse tras un gran periódico. Cerca del tímpano había una cocinilla, un refrigerador y una mesa de comedor. Atravesando el tímpano, yacían un inodoro, una bañera y un espejo.</p>



<p>—Su tímpano está perforado —dijo el doctor tratando de buscar objetividad.</p>



<p>Se levantó para examinar su oreja izquierda. Con una especie de pinzas comenzó a ingresar por el canal auditivo guiado por una luz y una lupa. Había logrado agarrar algo con las pinzas cuando un grito agudo y terrorífico resonó por toda la consulta. El doctor cayó sentado y ella miró asustada en todas direcciones. Un fuerte zumbido salió por sus orejas junto con un hombrecito de cuerpo delgado e impecable traje púrpura que volaba alrededor sobándose el hombro. Los observó por unos segundos mostrando los dientes y batió sus alas de coleóptero a toda velocidad para escabullirse por la ventana semiabierta.</p>



<p>—Tendré que hacerle una cirugía para sacarle el resto de la casa, solo este pequeño folleto quedó entre las pinzas… —dijo temblando el doctor.</p>



<p><strong>CINCO LUGARES GENIALES PARA VIVIR ANTES DE MORIR</strong></p>



<p>Casas prefabricadas.</p>



<p>Ambiente perfecto.</p>



<p>Sugerencia: si bloquean la puerta, envíe señales de humo.</p>



<p>Sin garantía.</p>



<p>¡Por este mes mudanza gratis!</p>



<h1>&nbsp;</h1>
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		<title>El príncipe Kelebek</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Constanza Cofré Berger]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 18 Mar 2023 11:11:47 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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							<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p>Ahogó la pluma. Tenía tinta salpicada en las mejillas y su mano se estremecía en los trazos que vagaban por los laberintos más secretos de su corazón. Creía que aquello le ayudaría a develar el momento en que decidió olvidarse de sí mismo. Aislado en la torre más alta de la Casa Real, añoraba secretamente el regreso de las mariposas.</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>De su infancia, el pequeño príncipe heredero recordaba dos cosas: la primera, que jugaba y corría entre cientos de mariposas; y la segunda, que su destino, gustos y linaje ya habían sido elegidos por otros. A los siete años conoció a su prometida, la princesa, a quien detestaba. Cada visita era una tortura y una sentencia de muerte para él y los hermosos insectos que batían las alas intentando esquivar los manotazos. </p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>Cuando el príncipe Kelebek dormía, las mariposas formaban coloridos lienzos extendiéndose por los marcos de las puertas y ventanas, si es que no habían conseguido entrar a su cuarto, e incluso colgaban sus crisálidas bajo los muebles. En aquella época, y hasta antes del fatal acontecimiento que las hizo desaparecer, solía tener sueños vívidos donde le transmitían imágenes de parajes desconocidos. </p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>Las flores del manzano abrieron sus pétalos «esa mañana» y junto a la brisa traviesa un grupo de mujeres atravesó el jardín para ofrecerse a trabajar en la Casa Real. Desde el salón, el príncipe de dieciocho años observó la frecuente escena y, desinteresado, continuó hojeando una novela extranjera. Le hizo regresar la mirada una ovación y vio como una de las mujeres sostenía con naturalidad las mariposas entre sus palmas. Se levantó y se acercó con los ojos bien abiertos, como si hubiese encontrado por primera vez en el mundo a alguien de su misma especie. Ella traía puesto un vestido de algodón, largo y desgastado, bajo una chaqueta de lana y unos botines de cuero bordados. Su piel le pareció una mezcla de seda y pétalos de rosa. Estaba fascinado ante tal espectáculo. Una de las mujeres, cuya boca emitía una peculiar risotada, le hizo una reverencia y jaló bruscamente a la otra para perderse rápidamente de vista por las puertas de servicio.</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>Ella se alejó arrastrada por aquel tumulto ruidoso, junto a una mariposa azul que seguía prendida de su cartera. Sus ojos se encontraron por un instante. Su largo cabello, castaño y liso, resaltaba su semblante con un par de trenzas. Después de tomar el carboncillo, un montón de papel dio cuenta del sinnúmero de bocetos que buscaban retratar cada ángulo del inusitado encuentro. Temía que el tiempo se atreviese a tocar y desfigurar sus recuerdos. Los barcos en su interior lanzaban fuegos artificiales y recorrían su abdomen en un sutil cosquilleo. Quería recorrer y explorar sus nuevos sentimientos, encallar y conquistar la isla.</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>Su madre lo sustrajo de aquel universo extático cuando le anunció que iban a comenzar los preparativos de su boda, que se celebraría durante la próxima primavera. Silente sobre la hierba, se apoyó en la corteza mientras las mariposas se acomodaban, como de costumbre, en su cabeza y extremidades. Trataba de ser racional y quitar con pinzas la mirada de aquella mujer de sus pensamientos, pero también, cuando llegaba el momento en que sus ojos atrapaban los suyos, experimentaba un sentimiento tan puro que no lograba convencerse de que debía abandonarlo. Con la repulsiva imagen de la emoción que todos sentían ante su matrimonio, empezó a desgarrar el pasto como si quisiese enterrarse en el fondo de la tierra.</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>Bajo las nubes e ignorando los susurros de los sirvientes, aquella mariposa azul regresó a casa. Se posó en su nariz. Él sabía que era la misma, podía reconocer el lunar amarillo sobre su ala derecha. Se incorporó sosteniéndola sobre su dedo índice, y advirtió que, entre sus patas, traía un pequeño pergamino que decía: </p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>          ¿Me recuerdas?</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>Sostuvo el papel entre sus dedos releyéndolo desde todos los ángulos, ¿lo habría confundido con otro? Tenía que averiguar si era ella. Entró a su habitación y, cerrando la puerta, tomó del cajón una pequeña y colorida pluma de colibrí. La sumergió en la tinta e hizo una prueba. Cuando encontró la cantidad de tinta adecuada para escribir una carta de proporciones diminutas que siguiese resultando legible, escribió y enrolló cuidadosamente el pergamino atándolo con un hilo dorado. Lo levantó entre sus dedos y la mariposa, sosteniéndolo entre sus patas, emprendió el vuelo. </p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>          ¿Nos conocemos?</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>Un sueño que había tenido cuando era un niño comenzó a volverse recurrente. Estaba en un lugar profundo, no podía moverse y la tierra caía sobre él. Una mano fría y amoratada sostenía la suya. Crecía la hierba salvaje ensombreciendo el nacimiento de las flores y una mariposa azul lo sobrevolaba. Escuchaba lamentos y oraciones. Despertaba ahogándose y su cuerpo parecía un pedazo de hielo. Se contraía al intuir que había un asunto pendiente, y aunque no lograba recordar qué, la sensación de un vacío lo atravesaba como una lanza.</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>La mariposa regresaba sin respuestas. Replicó el boceto de su rostro en una pequeña versión, y como tampoco hubo novedad, se atrevió a enviarle una tercera carta con uno de los cientos de poemas que a esas alturas le había escrito:</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>          Rostro de seda</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>          néctar en el desierto</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>          mi dulce flor.</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>Cerró los ojos y se miró a sí mismo. </p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>—¿Por qué estás tan afligido, tan obsesionado y tan sombrío?</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>—Creo que he olvidado algo importante…</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>—¿Qué podría ser más relevante que vivir el presente?</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>—No lo sé… </p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>—¿Dónde te gustaría estar?</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>—Ya sabes, cuando veo la flota partir a lo lejos, una parte de mí también se va con ellos, pero ahora…</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>—¿Estás enamorado?</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>—Sería prematuro aventurarme a creerlo, ¿y qué es el amor? </p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>—¿Y qué te detiene para descubrirlo?</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>—Mi padre, mi madre, mis responsabilidades de futuro heredero. Si me atrevo a cruzar el umbral y me asesinan, con ello también sucumbiría la esperanza de la dinastía.</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>—¿Desde cuándo te volviste tan importante?</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>—¿Y acaso no lo soy? </p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>—¿Si lo fueras, no podrías elegir por ti mismo?</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>Recobró la vista con la amarga sensación de haber estado viviendo como una pieza inerte dentro de un tablero de juegos. Su aflicción se apaciguó cuando una mariposa azul de lunares blancos atravesó la ventana y se posó sobre su dedo al extenderle la mano.</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>Cuando reviso las páginas de mi alma</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>recuerdo lo que a tus ojos todavía es un misterio.</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>No sabía si le escribía en una especie de código o era un tipo de poesía demasiado profunda para su comprensión. Solo deseaba saber más de ella. Empezó a recibir con frecuencia las cartas de aquella mujer cuyo nombre desconocía, pero a quien, por la suave cadencia de sus versos, llamó Pamuk. Con cada nueva misiva se intensificaba en él una llamarada hasta entonces desconocida. Había una inusitada familiaridad en las palabras y expresiones, como un amor que se reencuentra después de la tragedia. Su última carta decía: </p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>          Aunque empezamos nuestras vidas separados</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>          siempre llega el momento en que nos reconocemos de inmediato</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>          pero mala suerte la nuestra que en cada florecimiento</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>          nos arranca de la tierra una sombra.</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>Las mariposas azules habían desaparecido y ninguna otra parecía querer tomar el lugar de mensajera. Había transcurrido una semana sin que pudiese comunicarse con Pamuk, después de llevar durante meses una comunicación diaria. Pese a que ignoraba las escabrosas consecuencias, salió de la Casa Real. Recordó que el impostor se colaba con naturalidad en cualquier lugar tomando el aspecto de la gente común y, en el final de las páginas, siempre se salía con la suya.</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>Tomó una capa vieja que yacía olvidada por algún sirviente en el establo. Atravesó el portal de madera con una cesta en su regazo y por una moneda se subió a una carreta para llegar hasta la ciudad. Solo había ido en ciertas ocasiones, y siempre husmeando desde la ventanilla de la carroza, resguardado por el paso firme de un escuadrón. </p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>Las horas se consumieron visitando puestos, tiendas y salones de té. Entre tantos rostros que se acumulaban llegando el atardecer, no halló el que amaba. A lo lejos, reconoció una risa explosiva; se trataba de una de las mujeres que se encontraba en el grupo de aquel día. La mujer se despidió de un hombre y retornó a su morada en las afueras. Tras la caminata que empolvó sus zapatos, dobló en dirección a una casa de madera oscura y musgosa. La recibió una mujer con una lámpara, probablemente su madre. No parecía haber nadie más. </p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>Moviéndose entre los árboles, el príncipe continuó su paso dispuesto a regresar. Un griterío en la oscuridad cambió su ruta y se aproximó hasta una pequeña cabaña. Un hombre vaciaba un cajón lleno de lo que parecían libros, papeles y tinta sobre una fogata. «¡Sinvergüenza! ¡Maldita!», no dejaba de repetir. Cuando las llamas crecieron advirtió que en ese rostro húmedo habitaba Pamuk. El hombre, que se tambaleaba, bebió un poco más de aguardiente y se acercó con un cuchillo mientras vociferaba. El príncipe Kelebek dio un paso dispuesto a socorrerla. En ese instante, uno de los guerreros de élite de su padre lo jaló con fuerza por el extremo de la capa y lo hizo caer. Se puso de pie para volver a correr hacia Pamuk y lo golpeó con la cesta. Ante su insistencia, el hábil guerrero le asestó un veloz y certero golpe de dedos bajo las orejas que le hizo caer inconsciente.</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>Arrojado en un subterráneo, a veces lograba despertar y se veía en un charco carmesí. Sus dedos punzaban desnudos de uñas y su cuerpo era un prado de carne abierta. Sucumbía ante los flagelos de su padre, quien lo acusó de colaborar con el enemigo para quedarse con su imperio. No tenía respuestas para las interrogantes que trataban de buscar un rastro conspirativo. Aquello parecía una excusa para liberar su odio, que desde tiempos insospechados se acumulaba en sus nudillos. A ojos de su padre, solo se trataba de un inútil que era incapaz de cazar como un verdadero hombre y atravesar a los animales con la punta de la flecha. El príncipe no deseaba matar ni siquiera una hormiga. Aunque el emperador tenía más hijos con otras mujeres, para su pesar, el príncipe Kelebek era el único heredero al ser el hijo de su legítima esposa, la emperatriz; quien, además, no permitiría que fuese de otra forma, ya que así también aseguraba su futuro.</p>
<p>Pasó meses absorto en su lecho, vendado y creyendo que no conseguiría ponerse de pie jamás. Los barcos que pensó habían llegado a la costa, se estrellaron contra las rocas desapareciendo en las profundidades. Salió de su cama arrastrándose y tiró el libro del impostor a la basura con las páginas hechas trizas. Se movió como una oruga hasta el jardín, que lucía como una desolada extensión de pasto seco. Las mariposas se habían ido. Se lanzó dando vueltas por las escaleras, quedando a merced de los copos de nieve. Un grupo de sirvientes lo subió a una camilla.</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>Todavía no recogía sus pedazos cuando llegó el día de su boda y compartió cama con una mujer a la que nunca miró, quien, con los años, sin saber cómo ni con quién, fue capaz de concebir dos hijos. Extrañaba la soledad de su habitación de príncipe y prontamente se cambió a una habitación en lo alto de una torre, donde nadie interrumpiese sus pensamientos marchitos.</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>Después de largos años de existencia, el emperador dejó el mundo físico y, en ese momento, Kelebek asumió el trono. No tenía interés en continuar con los asuntos del reinado de muerte, y, además, su madre y su esposa parecían bastante ocupadas en ello. </p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>Autoexiliado, ignoraba cuando llamaban a su puerta, y a quien se atrevía a fastidiar su tarde le arrojaba lo que encontrase: jarrones, libros, zapatos o lo que fuese. Su forma huraña y agresiva de relacionarse había devorado todo atisbo de aquel joven que, bajo las nubes, deseaba esfumarse entre el oleaje que lo aproximaría a conquistar las estepas y valles; parajes indómitos que esperaban todavía con ansia recibirlo sobre las suelas de sus botas de capitán.</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>Caminaba lento, arrastrando la pierna derecha, como si después de tantos años nunca se hubiera recuperado de aquella paliza. Verse a sí mismo dentro de su piel manchada y agrietada, con el poco cabello que aún le quedaba, le hacía pensar acerca de su efímera existencia. Dejó la pluma a un lado, esperando a que el papel se secase. Había completado la última página de su época oscura: «¿Será que me acerqué al amor algún día o solo fue un absurdo capricho que me arrastró a la muerte?».</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>Amaneció en el desierto y una anciana que comenzaba a trabajar en la Casa Real le llevó una bandeja de té decorada con una flor de manzano. La mujer levantó la tetera y mientras se deslizaba el agua vaporosa, toda la atención del emperador fue capturada por el rastro de una profunda cicatriz en su semblante cuya geometría se asemejaba a una mariposa. Sonrió. Su piel le pareció tan hermosa como la primera vez que la vio. Al recibir la taza sintió su mano fría rozar la suya, y recordó cuando la tierra cayó sobre sus cuerpos inmóviles, sepultándolos. Ella se sentó a su lado y, antes de hablar, una ráfaga de viento abrió las hojas de la ventana y un torbellino colorido como un arcoíris se posó en Kelebek. Las mariposas habían regresado.</p>
<p><!-- /wp:paragraph --><!-- wp:paragraph --></p>
<p>—Ahora que sobrevivimos a la muerte y que nuestro amor permaneció como una lámpara encendida, dejemos atrás la oscura desdicha que nos ha marcado durante todas nuestras vidas.</p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>						</div>
				</div>
					</div>
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							</div>
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		<title>La Ciudad de las Ciclovías</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Constanza Cofré Berger]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 10 Jun 2022 17:58:20 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[2°Lugar Concurso Literario año 2022]]></category>
		<category><![CDATA[Bienestar]]></category>
		<category><![CDATA[Poder Judicial.]]></category>
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							<p style="font-weight: 400;">         Alzó el brazo y dijo sus últimas palabras con dificultad:</p><p style="font-weight: 400;">         —Kiki, guárdalo antes de que tu madre nos vea.</p><p style="font-weight: 400;">         Su nieta, que se encontraba trabajando desde la computadora, dejó a un lado sus labores para sentarse junto al anciano, quien, en su lecho, respiraba con dificultad. La ciudad había sido víctima de un cruento virus y aunque muchos se salvaron, las secuelas solo les permitieron un tiempo corto y agónico de existencia. Tomó el libro y comenzó a hojearlo.</p><p style="font-weight: 400;">         —Es hermoso, ¿cómo los llamaban?, ¿árboles? —preguntó.</p><p style="font-weight: 400;">         No hubo respuesta, el abuelo se liberó del mundo físico para descansar en los jardines de la bondad. Madre e hija lloraron mientras veían la borrosa escena de las bicicletas fúnebres partir. Cuando alguien fallecía, atravesaba los muros hacia un rumbo incierto. Nadie sabía dónde descansarían sus restos al morir. En cada muerte había una sensación de vacío y no existía algo tal como cementerios en la Ciudad de las Ciclovías. No conocían la tierra, por tanto, nadie podía ser enterrado en ella.</p><p style="font-weight: 400;">         Dejó a su madre a solas para subir hasta la azotea. El horizonte era un muro gigante cuya sombra abrazaba la imponente ciudad gris, ramificada por una gran ciclovía que se extendía por doquier. La bicicleta era el único medio de transporte permitido para la población.</p><p style="font-weight: 400;">         Inhaló y exhaló buscando la calma. Cerró sus ojos y empezó a meditar. Visualizó algo inusual: un paraje totalmente desconocido. Se encontraba en un lugar húmedo y oscuro rodeado de piedra, frente a ella había una abertura sobre la que una cortina de agua caía ferozmente. Kiki no sabía dónde estaba, jamás había visto algo semejante. El sonido constante del agua hacía su meditación cada vez más intensa. Un torbellino de luz dorada comenzó a emanar desde la entrada hasta fundirse con su frente.</p><p style="font-weight: 400;">         —Ven —susurró una voz.</p><p style="font-weight: 400;">         Abrió los ojos de inmediato. Sintió temor, pero también una profunda paz. No era usual para ella ver imágenes tan nítidas durante su práctica de meditación. Su madre la interrumpió.</p><p style="font-weight: 400;">         —¡Kiki! ¿Qué significa esto? —preguntó sosteniendo el regalo de su abuelo—. ¿Acaso no tengo suficientes problemas? No podemos tener nada que no esté autorizado, ¡podríamos ir a prisión!</p><p style="font-weight: 400;">         —Solo es un libro de árboles o algo así, creo…</p><p style="font-weight: 400;">         —¡¿Árboles?! ¡¿Crees que necesitas árboles?!</p><p style="font-weight: 400;">         —Madre, no te preocupes, me desharé del libro.</p><p style="font-weight: 400;">         Tomó su legado y se escabulló a la habitación. Quería leerlo, pero estaba en un idioma extraño. El libro, de bordes amarillentos, le mostraba paisajes que daban cuentan de la majestuosidad de la naturaleza. Tenía hermosas imágenes de vegetación y animales silvestres. Kiki estaba fascinada con aquella obra de arte divina. Los colores de cada escena llevaron su mente al paraíso. No tenían ninguna semejanza con su opaca ciudad. Se preguntó si aquello existiría. Deseó enormemente ser parte de esos asombrosos templos naturales. Se quedó mirando una fotografía por varios minutos. Atónita, advirtió que se trataba del lugar que había aparecido durante la meditación. Estaba convencida de que era el mismo sitio. Recordó esa tersa voz llamándola.</p><p style="font-weight: 400;">         Después de trabajar se sentó en la azotea y miró cómo se abrían las puertas de la ciudadela a los lejos. La idea de salir de la urbe y conocer el mundo exterior se había transformado en una verdadera obsesión. Debía planearlo todo para que nadie notara su ausencia. Adelantó el trabajo de un mes en tres intensos días e ideó un sistema que diariamente liberaría la información de forma automática, y registraría su asistencia vía telemática. Estaba decidida.</p><p style="font-weight: 400;">         —Estaré perdida si hay un apagón.</p><p style="font-weight: 400;">         Observó que la puerta de la muralla se abría solo en ciertas ocasiones, como la entrada o salida de suministros, muertes o la llegada de autoridades. La opción de los suministros le pareció más viable, tenían una frecuencia de entrada y salida diaria en horarios determinados. Era difícil predecir cuándo saldrían las bicicletas fúnebres o se daría la visita de personas importantes. Debía entrar en un carro vacío y salir junto a las bicicletas de carga.</p><p style="font-weight: 400;">         Su madre trabajaba largas horas por videollamada resolviendo problemas de posventa de un almacén. Su intensa labor no le permitió darse cuenta de que Kiki había emprendido un osado y prohibido viaje. Kiki decidió caminar para no dejar rastros, ya que, de lo contrario, se vería obligada a abandonar su bicicleta en algún lugar y aquello sería sumamente sospechoso. Cada bicicleta tenía un número de identificación y era posible monitorear su trayecto.</p><p style="font-weight: 400;">        Caminó largos minutos hasta llegar a la única avenida que, como una gran arteria, cruzaba y conectaba la ciudad. Comenzó a notar que su cuerpo sudoroso quería llevarla de regreso a casa. Debía actuar con naturalidad o se percatarían de su presencia. Sabía que las bicicletas de carga llegaban llenas por la mañana y se iban vacías por la noche. Siempre era la misma rutina. Estas operaciones se hacían en uno de los edificios más altos e imponentes de toda la ciudad. Muchas personas trabajan allí. Aunque Kiki pensó que la multitud facilitaría las cosas, no sabía cómo era el edifico por dentro.</p><p style="font-weight: 400;">         Una mujer estacionó su bicicleta y con dificultad tomó un bolso pesado. Intentó llevarlo al hombro, pero desistió atribulada y lo dejó en el suelo.</p><p style="font-weight: 400;">         —¿La ayudo? —preguntó Kiki audazmente.</p><p style="font-weight: 400;">         Fluyendo como el agua, y con el peso en sus hombros, consiguió entrar en las instalaciones evadiendo toda la seguridad. Aquella mujer la presentó como su ayudante. Kiki se despidió rápidamente sin permitir mayor interacción que la gratitud. Regresó al ascensor y presionó varias veces el botón del subterráneo donde figuraba la imagen de una bicicleta arrastrando un carro. No sabía exactamente qué encontraría allí. Alejada de la característica tranquilidad y disciplina con la que acataba las normas establecidas sin cuestionárselas, rechazó su vida que había sido tan gris como los muros de cemento. El ascensor descendió. No había espacio para las dudas. Las cámaras de seguridad ya la tenían.</p><p style="font-weight: 400;">         Cientos de bicicletas yacían estacionadas. Caminó unos metros y encontró las bicicletas de carga. Aceleró el paso, solo debía entrar en un carro y esconderse.</p><p style="font-weight: 400;">         —¿Quién eres? —la frenó una voz áspera.</p><p style="font-weight: 400;">         —Estoy buscando la salida&#8230; —dijo Kiki y lo observó sin encontrar su rostro.</p><p style="font-weight: 400;">     —La salida no es por aquí —dijo secamente detrás de su máscara negra—, vete de inmediato.</p><p style="font-weight: 400;">         —¿Por dónde puedo salir, señor? —preguntó intentando esconder su pánico.</p><p style="font-weight: 400;">         —Por donde viniste, niña.</p><p style="font-weight: 400;">         Regresó nerviosa. Había aparecido de la nada. Era uno de los conductores de las bicicletas de carga, su aspecto era inconfundible: llevaban uniforme negro y una capa roja. No se les veía el rostro ni parte del cuerpo alguna, nadie nunca los había visto. A Kiki le pareció que tenía una voz aterradora, no era algo normal. Escuchó una puerta y advirtió que el conductor había salido del lugar. Corrió hasta llegar nuevamente a los carros de carga y se encerró.</p><p style="font-weight: 400;">         Al llegar la noche, y como era habitual, el grupo de suministro emprendió la marcha. Kiki había logrado atravesar las murallas por primera vez en diecinueve años. Advirtió que algunos conductores empezaban a separarse y tomar rutas diferentes. Estaba muy atenta a todos los sonidos y conversaciones que pudiese oír.</p><p style="font-weight: 400;">         —Todavía apesta a humano —reclamó una voz.</p><p style="font-weight: 400;">         —Debe de ser tu traje, hoy el edificio estaba atestado.</p><p style="font-weight: 400;">         —No lo soporto. Estoy cansado, me pesa el carro.</p><p style="font-weight: 400;">         Kiki quedó estupefacta. Aunque era una muchacha delgada no había previsto que su peso podría delatarla. No comprendía qué querían decir con eso de olor a humano. Se rumoreaba que a estos ciclistas misteriosos se les había encomendado el control de todo lo que entraba y salía de la ciudad debido a que tenían un agudo sentido del olfato, pero ¿qué eran realmente?</p><p style="font-weight: 400;">         Miró a través de un orificio ubicado bajo el cierre por donde se colaba algo de luz. Logró divisar los grandes focos que iluminaban la ciudad, que prontamente se volvieron un punto perdido en la inmensidad. El viento levantaba tierra que se desprendía de las huellas de aquellos neumáticos. Kiki sostenía firmemente un popular cilindro que contenía un gas irritante. Las mujeres lo guardaban en secreto para cegar a los hombres acosadores. Era su única arma en esta aventura y la usaría como mecanismo de defensa.</p><p style="font-weight: 400;">         —Hoy debo ir a Krobalt. Aquí nos separamos, sigue tu camino por el bosque hasta llegar a Nekrum.</p><p style="font-weight: 400;">         Esta división le dio más esperanzas a Kiki. No sería un enfrentamiento de dos contra uno. Se internaron en las profundidades del bosque siguiendo la ciclovía. Kiki abrió el cierre de la puerta y saltó hacía los arbustos con ímpetu. Aunque el escalofriante ser iba a toda marcha, escuchó el extraño sonido que alivió su carga. Se detuvo unos metros más adelante. Podía olfatear el aroma de la joven. Se acercó hasta los matorrales donde ella se encontraba oculta y rasmillada. Dio un repentino y sagaz zarpazo entre las hojas y sacó a la muchacha por el cuello. Pero ella no iba a permitir ser asfixiada. Aunque no podía ver su rostro, presionó el gatillo de su arma secreta lanzándole gas en la zona del rostro. Kiki cayó, mientras el depredador aullaba como una bestia herida.</p><p style="font-weight: 400;">         Corrió desviándose del sendero y se internó en la espesura. No miró atrás. Mientras tuviera piernas no se detendría. Seguiría hasta el final hasta encontrar el sentido de su existencia. Tropezó y cayó en un charco de lodo. Tenía miedo, pero estaba en éxtasis al mismo tiempo. Su aroma se había perdido en el barro y ahora nadie podría seguirle el rastro. Exhausta, se sostuvo en un árbol. Admiró su corteza y altura. Recordó a su abuelo y comprendió por qué le había dado ese libro. Él quería que ella supiera la verdad respecto al mundo. La vida no se limitaba a vivir encerrados en una jaula de cemento.</p><p style="font-weight: 400;">         Un sonido familiar acarició sus orejas. Caminó hasta encontrar el origen. Estaba frente a frente con la cascada de su visión. Subió por las rocas hasta internarse en una cueva.</p><p style="font-weight: 400;">         —Has venido a este bosque para que tu especie alcance la libertad —dijo una voz que acababa de despertar—, la reconexión con la madre tierra es inevitable.</p><p style="font-weight: 400;">         Se acercó una diminuta criatura. Estiró su frágil cuerpo peludo y se irguió en dos patas. Se comunicaba por telepatía.</p><p style="font-weight: 400;">         —Debo confesar que estuvimos heridos mucho tiempo, pero en nuestro corazón no debe existir algo tal como el rencor. El odio cansa y nos sustrae lentamente el alma amorosa. Estamos listos para empezar de nuevo.</p><p style="font-weight: 400;">         Kiki se agachó hasta quedar a su altura. Nunca había visto un animal, ni siquiera sabía que existían. Lo miró a los ojos y la invadió una sensación de tranquilidad.</p><p style="font-weight: 400;">         —Estoy aquí como pediste. Por favor, déjame cumplir mi destino.</p><p style="font-weight: 400;">         La criatura alzó sus pequeñas patas y le entregó una bolsa tejida con fibras de hojas y una botella de arcilla.</p><p style="font-weight: 400;">         —Sembrarás estas semillas bajo los muros y las nutrirás con el agua sagrada de esta cascada. No pierdas más tiempo. Anhelo el día en que volvamos a ser amigos.</p><p style="font-weight: 400;">         Kiki despertó en su habitación. Aturdida, creyó en un principio que todo había sido un vívido sueño. Su madre la llamó para desayunar. Cuando se percató de que sobre su escritorio yacían la bolsa de semillas y la botella su corazón dio un vuelco.</p><p style="font-weight: 400;">         —No, no fue un sueño. Debo cumplir mi promesa. Nos liberaremos de esta ciudad gélida. Correremos por el mundo verde bajo la luz del sol, nuestras manos abrazarán las cortezas de los árboles y nos bañaremos en el lodo.</p><p style="font-weight: 400;">         Apenas bajó las escaleras, la puerta de entrada se abrió abruptamente.</p><p style="font-weight: 400;">         —Traemos una orden de arresto para Kirian Kizder, alias Kiki. Se le acusa de fuga, abandono de labores, atentados contra la autoridad y traición.</p><p style="font-weight: 400;">         Seguida de los ruegos y llantos desesperados de su madre, fue conducida a prisión y condenada a muerte. Se ejecutaría la pena al cabo de tres días. Pero llevaba entre sus ropas su propósito.</p><p style="font-weight: 400;">         —Quién iba a decirlo, Kiki —saludó un joven desde el otro lado de la mesa.</p><p style="font-weight: 400;">         —Gracias por venir a verme, Ichi. Es bueno verte antes de morir —le dijo Kiki mientras advertía que solo había un guardia.</p><p style="font-weight: 400;">         —No bromees, es realmente triste que hayas desperdiciado tu vida de esta forma —le dijo Ichi moviendo la cabeza de lado a lado.</p><p style="font-weight: 400;">         —Necesito tu ayuda —le susurró, percatándose de que el guardia miraba hacia el pasillo por la ventana de la puerta.</p><p style="font-weight: 400;">         —¿Qué planeas? Es muy difícil escapar de este lugar —preguntó interesado.</p><p style="font-weight: 400;">         —Ichi, sé que te va a parecer una locura, pero quiero que rodees las murallas y vayas sembrado estas semillas. Ponlas en los orificios que encuentres en el cemento. Después riégalas con esta botella.</p><p style="font-weight: 400;">         —No, ni siquiera sé qué significa sembrar.</p><p style="font-weight: 400;">         —Por favor —suplicó—, es lo único que pido antes de irme a los jardines de la bondad.</p><p style="font-weight: 400;">         —Está bien, Kiki, lo haré por ti —aseguró guardando todo en los bolsillos de su pantalón—. Te extrañaré mucho, ¿sabes?</p><p style="font-weight: 400;">         A la mañana siguiente, Ichi avanzó bordeando los muros. Mientras pedaleaba sentía que el gris era aún más oscuro al recordar que Kiki se iría para siempre. ¿Había alguna fórmula para asimilar una situación tan repentina? Eran amigos desde que eran bebés. Sus sentimientos habían estado dormidos hasta ahora. Su serenidad, que parecía innata en él, se evaporó deslizándose por sus mejillas.</p><p style="font-weight: 400;">         —Ella siempre fue diferente, como si percibiera las cosas que no podemos ver.</p><p style="font-weight: 400;">         Era un pedido extraño y sería sumamente cauteloso. No era una tarea sencilla y le tomaría todo el día recorrer la totalidad de los muros. Lo hizo, no podía negarse a su última voluntad. Pedaleó y pedaleó. Se detenía cada cierta distancia para colocar las semillas y vertía unas gotas de agua. Regresó a su casa al anochecer.</p><p style="font-weight: 400;">         La ciudad se despertó sacudida por un sismo de raíces furiosas. Grandes árboles se irguieron levantando y quebrando el pavimento. Crecieron impetuosa y salvajemente. Los troncos eran gruesos y las raíces largas. El remezón destruyó algunos edificios. Todos salieron a las ciclovías consternados. Los pensamientos rígidos también se agrietaron. La tierra vio la luz y pronto las cortezas empujaron los muros, que cayeron iluminando la ciudad húmeda y aislada. Se tomaron de las manos mientras veían que todo florecía por doquier y el sol saludaba sobre las montañas. Los pinos nevados sobre la hierba indómita y los riachuelos se transformaron en lágrimas de esperanza. Todo tipo de animales se acercaron a las ruinas, mirando a los humanos en sus miserables y desconectadas vidas.</p><p style="font-weight: 400;">         —Los hemos perdonado.</p><p style="font-weight: 400;"> </p>						</div>
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		<title>Viaje a lo inesperado</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Constanza Cofré Berger]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 09 May 2021 19:42:51 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Ciencia ficción]]></category>
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							<p> </p><p>Han pasado ciento veinticinco años desde que se inició la pandemia en mi planeta. Aunque hubiéramos sabido lo que acontecería después, dudo que hubiésemos logrado frenar el desenlace que nos esperaba. Ahora me encuentro a bordo de una pequeña nave, viajando por el espacio con rumbo desconocido. Si nos interceptan, temo que descubran que mis memorias no han sido borradas e intenten nuevamente robar mi cada vez más lejana historia.</p><p>Era una persona común, un funcionario público, trabajaba en tribunales, como solíamos decir. Me despertaba cada día a las seis de la mañana, me despedía de mi esposa e hija y luego tomaba el metro mientras, asfixiado entre la multitud, imploraba llegar a tiempo. Mi jornada empezaba a las ocho y yo estaba en el trabajo a las ocho menos cuarto, siempre puntual, siempre corriendo. Me estoy perdiendo en los detalles, pero en mis condiciones actuales esta podría ser la única evidencia de nuestra forma de vida antes de la invasión. Al llegar tomaba desayuno en mi escritorio, por supuesto.</p><p>En el mes de enero del año 2020 empezaron lejanos rumores de que un virus originado supuestamente en China comenzaba a expandirse ferozmente. En cosa de semanas ya estaba en gran parte del mundo, y en meses, ya nos había confinado dentro de nuestros hogares. El 18 de marzo de ese año empezó la cuarentena en mi ciudad.</p><p>Murió mucha gente, más de la que nos hubiéramos imaginado. Nuestros ancianos, niños, personas enfermas e incluso los más sanos. Nadie estuvo a salvo. Cuando se creía que la situación estaba bajo control, el gobierno nos permitía salir a las calles, pero rápidamente volvía a expandirse la enfermedad y retornábamos al encierro. Así estuvimos al menos tres años. Todo el presupuesto de los Estados fue consumido en búsqueda de una cura. Ninguna vacuna logró la inmunidad.</p><p>No existía ningún lugar donde escapar a la pandemia. Si no morías te recuperabas, pero luego enfermabas de nuevo y así hasta la muerte. El agua, la comida, el aire, cada superficie estaban totalmente contaminadas.</p><p>Le llamaron Nueva Normalidad, pero nunca hubo un rastro siquiera de normalidad. Ya nada importaba, con una serie de nuevos «estallidos sociales» llegó la hambruna y se agudizó la delincuencia. Poco tiempo después, cuando descubrieron quién había sido el verdadero responsable de la creación del virus, estalló la Tercera Guerra Mundial.</p><p>Cuando ya no quedaba ni rastro de lo que fuimos empezó lo peor. Era febrero del año 2028, no recuerdo exactamente qué día. Era una noche calurosa. Mi cuerpo sudaba. Estaba sucio y delgado. Apenas podía conseguir agua y comida para sobrevivir. Para ese entonces ya no existían trabajos, supermercados, escuelas, ni nada civilizado, solo tomabas lo que era tuyo. Mi esposa y mi hija ya no estaban, se las llevó la pandemia. Nunca superaré el dolor de esos años. El recuerdo me mantiene vivo.</p><p>Hacía un calor infernal. Ya no había electricidad. Por las noches siempre había un clima de muerte. Aunque intenten borrar mi memoria nunca olvidaré ese día. El cielo negro se tornó blanco. Un ejército infinito de luces lo iluminó todo. En un segundo podía ver todo el horizonte desde mi departamento en el piso veinticuatro. Era como un amanecer furioso e imposible: el último día que estaría en la Tierra.</p><p>Cuando logré soportar la intensidad de aquella luz, miré atónito y con profundo horror el cielo cubierto por naves ovaladas. Hubo un silencio estremecedor y, después, rayos de luz comenzaron a caer por todos lados. Nos estaban abduciendo.</p><p>La Tercera Guerra Mundial se detuvo. La población en esos momentos se había reducido a tan solo ochenta millones de habitantes. Si no te mató la enfermedad, fue la guerra, el hambre o alguna riña callejera. Y ahora, fuera de todo pronóstico, una invasión alienígena.</p><p>Parecía no haber escapatoria, hasta que las abducciones se detuvieron. Aparecieron otras naves, pero de tonos más oscuros, o tal vez plateadas. Comenzaron a «abrir fuego» (lo dejo entre comillas ya que parecían láseres o disparos de luz) contra las primeras naves. Un eco retumbaba por toda la inmensidad. Muchas naves caían y se estrellaban devastando todo a su alrededor. Esta guerra extraterrestre duró unas cinco horas. Solo quedaron los platillos del principio, de cuyas naves emanaban luces brillantes y de colores. A una hora de la salida del sol, abdujeron a todos los humanos que quedaban en pie. El planeta Tierra ahora era territorio extraterrestre.</p><p>Debo confesar que siempre sentí un temor que bordea el pánico respecto a los seres de otro planeta, sobre todo al pensar en las características de estos seres: extraterrestres grises y feos, de gigantes ojos oscuros y pieles húmedas. Solo me tranquilizaba saber que no existían y no eran más que otra invención humana o una nueva serie de Netflix.</p><p>Y bien, pues ahí estaba, como muchos dijeron y nadie quiso creer: en una camilla siendo observado por innumerables seres, aunque no tan repugnantes como había imaginado. Me sentaron y sentí como un disco era insertado en la parte de atrás de mi cabeza, a la altura del cuello. Ya tenían mi información genética, acceso a mis recuerdos y, en definitiva, control de toda mi existencia.</p><p>Me giré abruptamente al escuchar un ruido. Un hombre corpulento de vestimentas militares gritaba e intentaba resistirse. Todo era inútil. Estaba atado por una especie de sogas fluorescentes. Un alienígena alto, delgado y de aspecto grumoso abrió su palma a la altura de la frente del hombre y este cayó inconsciente.</p><p>Hablaban un idioma casi imperceptible, parecido a un ronroneo forzado. Los llamé los Krsk, quienes parecían tranquilos y amenazantes a la vez. En la habitación donde me encontraba solo había hombres, las mujeres habían sido separadas para otros fines.</p><p>Nos alimentaban con cápsulas. Era el comienzo de una vida insípida e incierta. Todos vestíamos el mismo uniforme blanco. Recibíamos cursos por telepatía. No podíamos hablar entre humanos, estaba prohibido. Cada uno tenía una labor, nos volvimos autómatas, sin memoria ni derecho a sentir. Lo más curioso era la atmósfera dentro de la nave. Respirábamos una especie de oxígeno que evitaba el envejecimiento. Pasaron cincuenta años y seguía luciendo como un hombre de treinta y cinco. Era increíble, y a la vez, una agonía sin fin.</p><p>Tiempo después, descubrí que la raza de los Krsk estaba en peligro de extinción y que, al parecer, compartían cierta compatibilidad con la genética de la especie humana. Como si antes hubiesen sido humanos y mutado por algún extraño fenómeno climático.</p><p>Por ello usaron los óvulos de las mujeres humanas y crearon nuevos híbridos. Había una especie de incubadora industrial donde el periodo de gestación se reducía a tan solo un mes.</p><p>Finalmente, después de varios trabajos, como recolector de basura espacial, limpieza de excremento alienígena y encargado de mascotas —sí, tienen una especie de perros y son asquerosamente adorables—, terminé como técnico de los tableros de las naves pequeñas.</p><p> Allí lo conocí. Su nombre era Tarik. Un hombre del Antiguo Egipto que fue abducido hace más de cuatro mil años; ya saben, ha pasado mucho desde que fueron construidas las pirámides. Me contó que fue usado como canal de comunicación entre el faraón y los alienígenas debido a sus habilidades telepáticas. Después de cumplir su misión fue destinado a todo tipo de trabajos en la Nave Madre sin posibilidad de regresar a la Tierra. Era de los más antiguos «esclavos humanos», sabía cómo funcionaba todo y se había ganado el favor de algunos alienígenas. Había recuperado su memoria paulatinamente con el transcurso de los años. Pero ningún humano podía entenderlo porque ninguno recordaba nada, hasta que se encontró conmigo. Nos hicimos confidentes de inmediato. Me enseñó a comunicarme telepáticamente.</p><p> —Son seres instintivos —me dijo repentinamente mientras fingía reparar la compuerta de la nave—, se mueven pensando en la conservación de su especie y en conquistar planetas para formar un imperio indestructible, pero me di cuenta de algo —dijo con una luz en su mirada.</p><p> Solo lo observé interesado.</p><p> —Entre ellos no existe la traición. No saben lo que es. No es parte de su naturaleza, ¿entiendes?</p><p> —Quieres decir que nosotros podríamos…</p><p> —Escapar. Y no lo verían venir porque nunca ha ocurrido algo semejante. Si bien tienen una infinita inteligencia para desarrollar tecnologías, carecen de estos sentimientos propiamente humanos. Estoy seguro de que algún día comenzará una rebelión entre estos nuevos híbridos. Ellos son en parte humanos y no escaparán de estas emociones. La sed de poder y la capacidad de traicionar para lograr cualquier objetivo será nuestra venganza.</p><p> —No es traición, fuimos secuestrados… no les debo lealtad —objeté.</p><p> Pensé cada noche en sus palabras. Si volvíamos a la Tierra, ¿qué habría allí? ¿Nos mataría volver a respirar oxigeno después de tanto tiempo? ¿Quedarían humanos? ¿Quiénes habitaban la Tierra actualmente? ¿Intentarían cazarnos? No importaba, solo queríamos tomar el poder sobre nuestras vidas y decisiones, un descanso.</p><p> —Nos iremos mañana —dijo Tarik mientras verificaba que el tablero funcionaba.</p><p> —¿Estás seguro? ¿No lo notarán? —pregunté tembloroso y advertí unas cicatrices que asomaban por su cuello.</p><p> —Mañana habrá una reunión que ocurre cada cien años. Es el momento de recuperar nuestras vidas, y si tengo que morir por ello, lo acepto.</p><p>—¿Qué te ocurrió? —le pregunté finalmente.</p><p>—Fui el humano cero, de los primeros en llegar… imagina todos los experimentos que hicieron conmigo… —sonrió levemente y se retiró.</p><p>Al día siguiente había un ambiente bullicioso en la Nave Madre. Una gran aglomeración de Krsk se reunía en un salón de dimensiones colosales. La seguridad seguía funcionando y parecía un sistema implacable. Mis piernas tiritaban frente a Tarik, quien parecía imperturbable.</p><p>Nos reunimos sigilosamente en el ala oeste. Allí estaban las naves más pequeñas y nuestra presencia no era sospechosa debido a la naturaleza de nuestras labores.</p><p>Yo solo había hecho un curso de piloto para efectos de realizar el mantenimiento, pero realmente no sabía cómo pilotear una nave extraterrestre.</p><p>­—Si tenemos suerte no notarán la ausencia de esta placa de autorización —dijo Tarik iniciando el procedimiento de despegue.</p><p>La nave se levantó rauda y la compuerta hacia el exterior comenzó a abrirse. De pronto comenzaron a sonar las alarmas.</p><p>—¡Nos descubrieron! —grité.</p><p>—Ya es muy tarde…</p><p>Salimos a una velocidad impresionante. Realmente era una tecnología sin precedentes que no logro plasmar en este escrito. Todo el conocimiento que traía de mi pequeño planeta se redujo a migajas durante mi estadía en la Nave Madre. Parecía que viajábamos a la velocidad de la luz. El radar mostraba planetas cercanos cuyos nombres nunca escuché.</p><p>—Nos siguen —dijo Tarik y sacó una daga—, debemos quitarnos los discos.</p>						</div>
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